Canciones, titiriteros y abrazos que paran el mundo Motivos por los que todo merece la pena

Creo que si pudiéramos pedir algo muchos padres y madres, esto sería días de 36 horas.

Mentira

Realmente pediríamos poder conciliar vida persona, laboral y familiar. Es algo que pedimos todos, seamos padres o no y que es una realidad necesaria. Pero más allá de la reivindicación, realmente lo que se nos pasa por la cabeza cuando vemos que se acaba el día y quedan mil cosas por hacer es:

Ay! Ojalá días con más horas

Más horas para dormir… miento. Más horas para intentar dormir a pesar de tus hijos.

Más horas para llegar a casa y no sentir que sólo les has visto unas pocas horas.

Más horas para poder ir a hacer la compra tranquilo, sin tener que comprar todo en el mismo sitio para ahorrar tiempo y poder coger los productos que te gustan de cada lugar.

Más horas para poder grabar esa nueva canción que tienes en la cabeza. Para no actualizar el blog en el tren camino al trabajo. (Hola señor revisor, tome mi billete)

Más horas para ti.

Más horas para tu pareja.

Creo que os vais haciendo una idea de la necesidad de horas extras que necesito (necesitamos) al día. Pero tengo un truco.

He conseguido parar el tiempo

La fórmula es sencilla. Muchos besos, abrazos, hacer reír a tus hijos (o a alguien a quien quieres, si me lees sin ser padre) y exprime cada segundo que pases con ellos.

Suelo llegar a casa pensando «Vaya horas, y todo lo que me queda por hacer.» y según abro la puerta de casa, al otro lado del pasillo escucho como el ruido típico de dos niños de casi dos años se detiene y se hace el silencio por un instante.

— ¿Quién viene? — Escucho preguntar a Padme. Y unas vocecitas agudas y dulces responden asíncronas «Papá. Es papá» y según abro la puerta al salón, Caribicho viene corriendo con los brazos abiertos, desplazándose descontrolada con su propia risa y la cabeza echada hacía atrás mientras se me abraza a las piernas. La cojo en brazos y veo como Cocopanza está en mitad del salón mirándome sonriendo de oreja a oreja moviendo los pies en el suelo. Según suelto a Caribicho y le hago un gesto para abrazarle, su risa rompe y se abalanza a mis brazos.

Ahí, queridos amigos, las horas empiezan a ir más despacio.

Me siento un momento porque Cocopanza querrá enseñarme la última de sus coreografías aprendidas. Se sienta en mi regazo, comienza a cantar y me coge las manos para que yo haga los gestos que acompañan a la canción y me mira mal cuando intento hacerlo de otro modo. Es mi pequeño titiritero. Y las horas parecen que ya casi no avanzan.

Caribicho ríe mientras corretea por la casa llevando los pijamas y las cosas del baño a la habitación mientras se las voy dando. Abro el grifo del agua y veo como Coco observa impaciente llenarse la bañera. Le fascina el agua. En ese momento se produce una paradoja temporal, mi tiempo se detiene del todo mientras que el de ellos corre a toda prisa para el momento baño que tanto les gusta.

Imagen de Coco asomado a la bañera mientras se llena el agua

Baño, vestirles, cena y dormirles. Sé que en el fondo es frenético, pero se me hace placenteramente eterno.

No os mentiré, a veces, cuando protestan un poco por la cena o porque están irritables por el cansancio, los desterraría Más-Allá-Del-Muro pero aun así sé que me van a regalar algún último momento que va a hacer que el día sea, como todos, especial. Especialmente cotidiano.

Y una vez dormidos, comienzan las pocas horas eternas que tengo junto a Padme, pero eso ya es otra historia 😉

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