Cuando seas padre comerás huevos. Si lo dice el refranero, va a misa

No sé a qué viene el dicho, pero la cultura popular es muy sabia, así que hoy me he pedido para comer unos huevos rotos con patatas y jamón.

Y Cocopanza y Caribicho también han probado las patatas y huevos en forma de tortilla de patatas. Pasa el sello de calidad.

El año pasado estaba sobrepasado emocionalmente y abrir mis primeros regalos del día del padre conllevó una llorera intensa. Este año creo que el cansancio no me ha dejado expresar del todo las emociones. Junto al estrés,  es un gran enemigo emocional el cansancio. Pero empezar la mañana en la cama los cuatro abriendo el regalo envuelto en papel de Star Wars es todo lo que le pido al día de hoy. Sigue leyendo

La paternidad, los pensamientos egoístas y las conclusiones de carretera

Y con un poco de retraso, he decidido presentaros esas conclusiones, que quería haber escrito hace días.

Se han juntado varios factores que me han llevado a una conclusión… una conclusión que no es bonita, que no es agradable. Es duro darse cuenta de que deseas algo para tus hijos que es injusto incluso para ellos mismos. No es agradable asumir que pides algo para tus hijos que si se lo escuchases a otro no tardarías en pensar en una palabra que lo dice todo: machista. Sigue leyendo

Murphy y el Karma – Una conspiración contra los padres

Papá y mamá se esfuerzan por ser unos buenos padres. Quien dice papá y mamá dice mamá y mamá o papá y papá o mamá o papá o cualquiera de las combinaciones válidas, pero el relato es sobre un padre en estéreo y una madre totalmente anónimos, queridos lectores. Y el caso es que se esfuerzan. Mucho.

Es una pareja comprometida con la crianza de sus hijos. Tan aplicados que cometen errores cada dos por tres. Alguna vez hasta han sufrido sordera nocturna. Es un mal muy criticado pero que muchos padecen alguna vez, de hecho, padecerlo es la única manera de detectarlo en el otro, pero eso escuece admitirlo, es más fácil criticar en las RRSS desde un toque de mami malota. Pero me estoy desviando de la pareja de la que os hablo.

El caso es que esta pareja sufre, como muchos otros, los ataques de una conspiración cósmica que une las peores intenciones de Murphy, sus leyes y el Karma. La mejor manera de explicaros esto es con un relato de los últimos acontecimientos.

Meme de Keanu Reeves con cara de estupor diciendo "Murphy y el Karma conspirando. Pobres padres"

Papá y mamá llevan días durmiendo poco. Uno de sus hijos está acatarrado y les tiene en vela toda la noche. Papá se baja a la farmacia a por un remedio para su migraña y a por un medicamento para su hijo, cuya receta está en el coche. Al llegar al coche se da cuenta de que mamá se lo había abierto. Siente la necesidad de avisarla, en un tono preocupado y de empatía, dando a entender que son un equipo, que ambos están cansados y que si ella se ha dejado el coche abierto, es como si él se lo dejase abierto. Pero de camino a la farmacia no puede evitar pensar ‘ay, que empanadilla está mi chica, menos mal que he bajado al coche y salvado el día’. Un pensamiento que le insufla unos aires de superhéroe de la crianza que le ayudan a sobrellevar el cansancio. Hasta que llega a la farmacia a pedir su medicación para la migraña y esa otra cosa cuya receta se ha dejado en el coche al que se acercó expresamente para coger el maldito papelito. Zasca kármico.

A causa de la medicación, esa noche papá cayó fulminado y mamá se pasó la noche haciendo visitas a la habitación de un pequeño que amenazaba con despertarse entre sollozos a través del vigilabebés y que dormía plácidamente ante la presencia de su insomne madre. Mamá sentía que alguien la estaba vacilando, como si fuese víctima de una conspiración.

El desfallecimiento de esa noche hizo que un mejorado padre sin migraña decidiese que la noche siguiente montaría guardia para que fuese su compañera la que pudiese descansar. Y llegó la noche, y todo empezó siendo fácil. Sus hijos estaban cansados. El niño parecía estar mejor y se durmieron rápido y plácidamente. La exhausta madre caía en los brazos de Morfeo con malas ideas en la cabeza del tipo ‘verás que esta noche van y duermen del tirón los malditos. Si me quedase yo atenta seguro que no estarían tan tranquilos. Cabrón con suerte’. Al otro lado de la cama el papá parecía escuchar los pensamientos de su pareja ya que un sentimiento de culpa invadía su mente. Un sentimiento de culpa que crecía a medida que se relajaba ante la calmada situación, hasta que sus ojos cedieron y se cerraron del todo y su cuerpo sucumbió al sueño. Momento en el cual la llamada de su hijo le alertó. ‘Prepárate papi, que tengo ganas de jarana’ parecía decir cuando lo único que hacía era llorar. Murphy hacía de las suyas.

A partir de ese momento las visitas a su habitación eran constantes ante las alertas de su retoño. Gases, mocos, incomodidad y hambre, a veces todo junto, a veces por separado pero el papá, entregado a su causa y al descanso de su novia, consiguió controlar la situación y que su hijo descansase tranquilo. Se sintió victorioso. Habían vencido la maldita conspiración que pretendía terminar con su crianza respetuosa y comprometida… y con sus nervios. Pero no podían. Era hora de descansar.

Una hora después sonaba el despertador. ‘De las batallas más épicas siempre se sale herido.’ pensaba el cansado padre mientras se preparaba el café.

El traslado de los mellis a su habitación – Primera noche

Hace un mes decidimos que íbamos a pasar a Cocopanza&Caribicho a su habitación para dormir, entre otras cosas por necesidades logísticas de la casa, que necesitamos pasar cosas del salón a nuestro dormitorio y con las dos cunas es algo inviable. Pero en ese momento, nuestros dos bebés gigantones de 10 meses pasaron a parecer dos pequeñines de pocos días. “Son mis bebés, no quiero que se vayan, quiero dormir con ellos” es algo que nos repetíamos una y otra vez.

Lo malo fue darse cuenta cuando ya había movido las cunas y empezado a colocar muebles. Pero bueno, marcha atrás y decidimos darles un mes más y así estabilizar noches (autoengaño).

El caso es que este fin de semana decidimos que si o si pasaríamos a la acción. Y cumplimos. Además respetamos sus rutinas de sueño y nos organizamos para que las siestas del día fuesen en casa, y que durmiesen en la habitación y todo muy bien. Buenos padres de manual. Llegó la noche, se durmieron increíblemente rápido, nos fuimos Padme y yo a nuestro dormitorio y nos sentimos así:

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¡Que dormitorio tan enorme y desangelado! ¿Dónde están nuestros pequeños? ¡Qué lugar tan vacío! “Bueno, ya nos acostumbraremos” nos decíamos intentado calmar esa extraña sensación. Pero, personalmente, me costó hasta pegar el ojo. Revisé 12000 veces, aproximadamente, que el vigilabebés funcionaba, que teníamos cargas para biberones listas, a mano para desenfundar de manera rauda y veloz y me cronometré para ver como optimizar el acto de levantarme y llegar a su dormitorio, que se encuentra a nada más y nada menos que 15 cm entre puerta y puerta.

Cuando hasta ahora estábamos deseando que ‘el otro’ se encargase del niño que se despertaba y así poder seguir arañando minutos de sueño, la primera noche hubo momentos en los que uno atendía y el otro se acercaba para ver si hacía falta algo más. Parecía que nos faltaba una excusa para acercarnos a ellos.

El balance de la noche no ha sido malo, sin entrar en detalles, a pesar de tener niños congestionados con mocos y toses. Unos pocos paseos nocturnos, pero nada grave. No han extrañado demasiado el entorno al despertar ni nada por el estilo. Cocopanza se ha puesto en pie (con saco incluido) y ha robado una de las luces de ambiente que les teníamos puestas, eso si.

Ahora, una cosa os digo, mucho se habla del punto de vista de los niños en este tipo de cambios y etapas, pero ¿y lo mal que lo pasamos los padres? No me sentía tan mal desde… desde que dejamos las minicunas de colecho para pasar a las cunas grandes a 40cm de nuestra cama XD.

Seguiremos informando.

Salir de casa, el reto. Segunda parte… ¡ahora con horario!

Hace unos meses… en marzo (¡Cómo pasa el tiempo!) os contaba aquí la locura que suponía salir de casa con dos mellizos recién nacidos y toda la logística que acarreaban. Pues ahora que lo íbamos controlando, hemos decidido hacer un más difícil todavía y salir de casa obligados a cumplir un horario.

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Si, asusta. Si, da vértigo. Y más cuando no nos hemos acostumbrado a ello antes al no tener que llevarlos a la guardería. A muchos de vosotros os parecerá fácil pero es nuestro drama, un poco de compasión, por favor. #PrayForStereoDadAndPadme2016

Pero Padme y yo somos unos incautos y nos gustan los retos, así que hemos decidido apuntar a Caribicho&Cocopanza a un par de actividades para bebés, lo que implica cumplir con un horario. Música para bebés y Matronatación. Y las dos tienen un extra añadido y no buscado: coinciden con sus horas de siesta. De música para bebés de momento no os voy a hablar ya que por horarios de trabajo, de momento me es imposible (estamos trabajando en ello). Así que os vengo a hablar de Matronatación.

Listos para matronatacion

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Aunque el día a día, cuando eres padre, ya es un no parar, sea día libre o no, los sábados intentábamos practicar un poco de vida contemplativa, al menos por la mañana. Nos levantábamos cuando ellos decidían, básicamente, pero no podemos quejarnos, ya que suele ser en torno a las 8 o 9, desayunábamos todos a turnos y pasábamos un rato de relax en el salón mientras planificábamos el fin de semana. No solía ser más que media hora, una hora máximo, pero era un momento de paz y distensión. Hasta que llegó la matronatación los sábados a las 12 del mediodía. Así que replanteemos el sábado.

  • Levantarse como tarde a las 9 si o si, aunque los mellis te regalasen más horas de sueño.
  • Desayunar y tener desayunados a la familia (animales incluidos) antes de las 10.
  • Preparar las bolsas con las cosas de la piscina que ibas a preparar anoche pero te pudo el cansancio.
  • Pasear al perro.
  • Cambiar a los nenes.
  • Dejar la casa lo más recogida posible
  • Salir con tiempo para asumir el tráfico de los domingueros subiendo a la sierra y llegar 15-20 minutos antes a la piscina para cambiar a los nenes y cambiarnos nosotros.

Todo este proceso es un in crescendo ya que los mellis empiezan a ponerse perrones por el cansancio, lloriquean, piden brazos y cuando ya estáis subidos al coche, en el camino de 15 minutos posiblemente, al menos uno de ellos, caiga dormido, lo que implica despertarle para meterle en el agua. A mi también me jodería. Pero no adelantemos acontecimientos y vayamos al vestuario.

Normalmente van los dos padres con el bebé al vestuario y uno se ocupa de preparar al bebé mientras el que le va a acompañar a la piscina va a su vestuario de adultos a prepararse, lo cual facilita el hecho de cambiarse a la madre o padre en un vestuario que no está acondicionado para bebés. El proceso en el final de la clase es el mismo para salir. Nosotros el primer día pecamos de novatos y, no sólo llegábamos tarde sino que hicimos un ‘divide y vencerás’ que fue un fracaso. Cambiándote con una mano mientras la otra mano sujeta al bebé asignado que lo has depositado en el banco del vestuario arrullado en una toalla, creyendo que así no se caerá o algo. El segundo día estuvimos algo más listos. Vinimos con los bañadores puestos, por lo que solo era quitarse la ropa, lo que podíamos hacer en el vestuario de bebés y al final de la clase, uno se iba cambiando mientras el otro se ocupaba de los bebés y después el primero se quedaba con ellos mientras se iba al vestuario el segundo.

Aun tenemos que pulir técnicas, sobre todo en el hecho de llegar con más tiempo y no entrar a la piscina con al lengua fuera y con media clase comenzada. Dentro de unas semanas, cuando ya llevemos unas cuantas clases, ya os contaré qué tal los mellis en el medio acuático, aunque de momento os adelanto que nos parece 100% recomendable.